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A comienzos del siglo XX empezaron a fabricarse los primeros fármacos sintéticos. Hasta ese momento de la historia, las medicinas provenían de productos naturales, por ejemplo, de origen vegetal como la morfina, para calmar dolores, o la quinina, para tratar la malaria.
Algunas de las razones que impulsaron a la industria farmacéutica en esa búsqueda fueron los avances científicos y las guerras mundiales. El mercado internacional de medicamentos ha crecido hasta facturar hoy un total de 296 billones de dólares al año, y las empresas invierten el 20 % de sus ganancias en investigación y desarrollo. Cada nueva droga que se comercializa tiene un costo promedio de 500 millones de dólares. Pero de cada diez drogas nuevas que se ensayan, sólo una logra ser aprobada y salir al mercado.
Estos nuevos fármacos deben someterse a muchas pruebas antes de poder ser recetados a los pacientes. Primero se trabaja en laboratorio y, en una segunda etapa, la droga ingresa a la fase clínica de la investigación, es decir, se prueba en seres humanos. Muchos hospitales y centros de salud latinoamericanos se utilizan para este tipo de ensayos. Distintas legislaciones locales e internacionales protegen a los voluntarios que participan de estas pruebas.